Nemesio Castillo Viveros[1]
Efraín Rodríguez Ortiz[2]
Introducción
Este documento habla sobre las transformaciones en la vida cotidiana (la vida diaria) de los juarenses presumiblemente a causa de la ola de inseguridad producida a partir de las ejecuciones en espacios públicos desde el año 2006 hasta la fecha.
La percepción de seguridad se ha trasformado sustancialmente en Ciudad Juárez en los últimos cuatro años. Una de las causas es la información al instante que los medios de difusión (televisión, radio, periódicos, internet) que dan sobre el número de asesinatos en las calles, casas, antros y hoteles, además de otros delitos.
Es importante dejar claro que los medios de comunicación no son una variable que determina la percepción de inseguridad en las personas, es decir, hay una multiplicidad de variables que son causa de la percepción de inseguridad, sin embargo, la radio, la televisión, los periódicos e internet pueden hacen que un individuo se sienta seguro en su ciudad. Por ejemplo, las comparaciones que hace un defeño entre su ciudad y Juárez son enormes, aun considerando que en el Distrito Federal hay un mayor número de delitos.
Mencionado lo anterior, es pertinente presentar la pregunta que guiará la discusión: ¿Cuáles son las consecuencias del aumento en la percepción de inseguridad en la ciudad? La respuesta es conocida por la mayoría de las personas; los juarenses han optado por no salir por las noches a divertirse y/o a visitar a sus familiares. Los niños juegan más en la casa, se asiste menos a lugares públicos (parques, centros comerciales, entre otros), se sale acompañados. Algunas personas han preferido irse a vivir a El Paso, otros se han regresado a su lugar de origen en el interior del país. La mayoría de las personas preferiría vivir en fraccionamientos cerrados, las casas de algunos habitantes tienen más rejas que las prisiones; es decir, la convivencia y la socialización[3] pasa del espacio público al espacio privado. Lo que estamos viviendo en esta ciudad es ganar seguridad perdiendo libertad. Por lo tanto, lo que se percibe en la ciudad “hacia la comunidad segura es la extraña mutación de un gueto voluntario” (Bauman, 2003, 137).
La seguridad de unos cuantos a cambio de la reducción de libertad de todos, eso es en lo que se ha convertido la ciudad; en otras palabras: guetos voluntarios. Las patrullas de policía rondan los negocios y los fraccionamientos de clase media y alta. En las zonas de clase baja no se contemplan para la seguridad de la ciudad, para los habitantes de esa clase los policías no tienen miradas sospechosas.
Los miniguetos en la ciudad que se materializan en fraccionamientos donde los vigilantes controlan el acceso contra los merodeadores y/o delincuentes a quienes se les tiene un miedo apocalíptico., además del acceso selectivo a muchos lugares públicos, se han convertido en “ la separación en lugar de la negociación de la vida en común; la criminalización de la diferencia residual: esas son las principales dimensiones de la actual evolución de la vida urbana” (Bauman, 2003: 136), o de la convivencia y socialización en la ciudad.
Los guetos urbanos de la ciudad, representados por el número de fraccionamientos que pagan seguridad priva, han hecho que la ciudad incorpore la segregación, exclusión e inmovilización espacial, “una opción infalible en una sociedad que ya no mantiene a todos sus miembros en el mismo juego, sino que desea mantener a todos los que pueden jugarlo ocupados felices” (Bauman, 2003: 135).
Una situación diferente se vive en colonias populares. En éstas, sus habitantes no cuentan con recursos económicos para pagar seguridad privada o para levantar bardas periféricas que les protejan y sin embargo, esas colonias se han convertido también en guetos.
Hace más de cuarenta años se desarrolló un proyecto de vivienda popular al sur oriente de la ciudad dotando con terrenos de cuatrocientos y seiscientos metros cuadrados a familias pobres con la finalidad de que pudieran establecer ahí sus viviendas y pequeñas granjas. Por ese motivo se le llamó El Granjero.
Durante mucho tiempo, esa colonia, fue una zona habitacional que gozó de tranquilidad y convivencia entre vecinos. Francisca[4], quien tiene 43 años residiendo en el lugar, define la convivencia entre vecinos, en ese largo periodo, como “amistosa, tranquila y confiable”. Para María, de 29 años de edad y 24 de residencia, “la colonia era muy tranquila. Era [yo] muy niña cuando nos mudamos a esta colonia y recuerdo que gran parte del día jugaba en la calle con mis vecinos”. Bertha, de 23 años, nació ahí. Para ella “éramos todos amigables. Había confianza entre los vecinos”. Ramón Tiene 53 años de edad y 22 de residencia en la colonia. El ambiente, para él, era “amigable, sociable, nos reuníamos cada fin de semana con la familia y amigos”. Leticia describe a los vecinos de El Granjero, hace tiempo, como “amigables, cordiales, [había] convivencia, alegres, fiesteros”. Katya, a sus 17 años, ha vivido 11 de ellos en la colonia. Ella la recuerda “muy tranquila, había más comunicación y salíamos más”.
A partir de finales de 2006, coincidiendo con los operativos federales contra el crimen organizado, la tranquilidad fue destrozada. La percepción de las relaciones entre vecinos en su colonia, el día de hoy, es muy distinta. Para Francisca es “de desconfianza, insegura”; para María es “casi nula”; para Bertha “hay miedo, desconfianza, tristeza”; Leticia dice que “no hay convivencia, [los vecinos] no salen”; Ramón define la convivencia escuetamente como “nula”; Katya la percibe “muy seria y tensa; con mucho miedo a salir”.
La vida de las personas en esta colonia, como en prácticamente todas en la ciudad, cambió y las conductas cotidianas se modificaron drásticamente. Ahora la gente busca protegerse. Dice Francisca que lo que hacen es que “nos encerramos en un miedo que nosotros no provocamos”; la estrategia de Martha es “no salir de noche”; Martha describe varias estrategias de autoprotección como “no salir de sus casas, alertarnos entre vecinos si vemos algo sospechoso, asegurar tu casa, coche, objetos, no fanfarronear, no vestir ropa lujosa o coches lujosos”[5]; Bertha dice que “no salen, ya no nos hablamos para evitar problemas”; Leticia dice que lo mejor es “no salir de sus casas, tener todo bajo llave y candados”; para Ramón la estrategia es “estar alerta y comunicarnos en la cuadra de las personas y/o carros extraños que son sospechosos”; para Katya “simplemente no salir de la casa después de hacer nuestras actividades fuera”.
Tanto en colonias que cuentan con seguridad privada como en las populares que echan a andar estrategias espontáneas de protección, las posibilidades de organización y participación política en el ámbito público se anula de manera involuntaria, argumentando mayor seguridad “para nuestros hijos”.
Bibliografía
Bauman, Zygmunt (2003) Comunidad. En busca de seguridad en un mundo hostil, S. XXI, México.
[1] Profesor-investigador en la licenciatura en Trabajo Social en la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez.
[2]Profesor en la licenciatura en Trabajo Social en la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez.
[3] Un ejemplo de las nuevas relaciones sociales son las prácticas de cortejo y amistad que se realizan por medio del chat; lo que significa que las relaciones cara a cara están siendo sustituidas por relaciones a través de las computadoras.
[4] Todos los nombres que aparecen son ficticios para proteger la identidad de los y las informantes
[5] Fanfarronear, vestimenta lujosa y uso de vehículos lujosos son elementos constantemente mencionados por los medios como inherentes a víctimas de ejecuciones presuntamente ligadas al crimen organizado.
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